La Educación

mamá1963

Los últimos meses he vuelvo a ver esta foto que ya había visto tantas veces en mi vida en los álbumes de la casa mis papás. Siempre me pareció magnífica, pero solo hasta ahora caigo en cuenta del poder que representa: mi mamá, en 1963 siendo la única mujer en el cuerpo de profesores en una escuela para hombres.

Siempre lo vi normal porque nunca la escuché sentirse discriminada o pionera. Jamás la oí quejarse ni alardear. Para mí siempre fue normal y hasta lógico que ella trabajara, que fuera desde sus veinte años económicamente independiente de mi papá, que no tuviera que consultarle para decidir qué vestido comprarse y que él jamás le hiciera un reclamo o se molestara por eso en plenos años sesenta.

Ví discutir a mis papás por muchas razones, pero jamás porque él minimizara el criterio o la opinión de mi mamá frente algo. Ahora que entiendo que los derechos que tenemos las mujeres hoy no cayeron del cielo y que aún muchas no tienen la posibilidad de trabajar y educarse y que todos los días tenemos que soportar posiciones machistas comprendo la magnitud de la modernidad que se veía en mi casa con todo y tratarse de dos personas que siempre vi mayores y tradicionales.

En 1985 llegué como un embarazo inesperado a hacer parte de mi familia, cuando mi mamá tenía 42 años y tres hijos por entrar a la universidad. Conmigo recién nacida, dándome todo el amor del mundo, ella iba a la universidad para obtener su título profesional de licenciada en preescolar. Para hacerlo tenía que viajar cada semana de Cartago a Armenia, trabajar, estar pendiente de la casa, ser esposa, cuidarme y trasnocharse estudiando. Yo era el conejillo de indias de ella y sus compañeras para probar lo que les enseñaban, ponían un colchón en la sala de la casa y experimentaban conmigo (gracias por eso).

Mamá1

Siempre fue independiente, nunca la vi pedir ayuda. Incluso siendo yo una niña viajamos mucho las dos solas y nunca vi que ella tuviera que “pedir permiso” para hacerlo. Antes de que yo naciera también viajó sola a Europa (hay unas fotos maravillosas de ella en Londres y Escocia).

Mi mamá nació en 1943 y fue profesora de básica primaria entre 1963 y el 2000. Mientras la tuve conmigo nunca dimensioné el impacto de su labor como educadora, porque la veía desde nuestra relación madre e hija. Sin embargo, durante su funeral en octubre del año pasado muchas personas que jamás había visto en mi vida se acercaron a darme un abrazo sincero y lleno de gratitud porque mi mamá había sido su maestra y con lágrimas en los ojos me contaban anécdotas que daban cuenta del impacto de su labor en sus vidas.

Cada que tengo la oportunidad de dar clases en una universidad o impartir una charla sobre mi trabajo en algún evento, pienso en ella cuando veo en los ojos de las personas que me escuchan el asombro de estar aprendiendo algo nuevo. Creo que nunca somos conscientes del todo del impacto que tiene compartir conocimiento con los demás. Cómo con lo que enseñamos podemos estarle cambiando la vida alguien.

“Teaching, may I say, is the noblest profession of all in a democracy.”

En su funeral, también entendí que su labor para educarlos a ellos y a mí no se limitó a las ciencias o las humanidades, o al montón de tardes que pasamos juntas seleccionado qué libros pedir ese mes en la revista del Círculo de Lectores o las veces que la cuestionaba sobre su preferencia por regalarle a los niños libros o juegos didácticos en vez de los juguetes de moda que aparecían en televisión.

Ese día, al a ver todas las personas que durante su vida trabajaron con nosotros en la casa ayudándonos con el aseo o las reparaciones con el mismo dolor y la misma gratitud que estaban  sus compañeras de trabajo, la familia, los vecinos, los amigos… entendí que mi mamá nos educó desde el ejemplo, sin necesidad de palabrerías, en la igualdad de género, de estrato y del respeto por la diferencia. En mi casa siempre hubo comida y espacio en la mesa por igual para nosotros como para las personas que nos ayudaban, así como en navidad siempre hubo regalos para ellos y para nosotros igual de buenos. Jamás vi en ella muestras de discriminación, machismo, prepotencia o tacañería. Siempre estuvo alejada del chisme y la indiscreción.

A pesar de su posición religiosa, su forma de ver la vida, tradicional y conservadora, y de que fuera muy difícil para ella que estuviera lejos de la casa, nunca se interpuso en mis decisiones de educación y por el contrario me apoyó, aunque la entristeciera tenerme lejos, a que me fuera estudiar fuera de Cartago y un par de veces fuera del país. Me dio la oportunidad de abrir mis ojos a otras culturas, estilos de vida, educación. Siempre se interesó con amor y respeto por mis amigos y la familia extendida que hice en esos viajes, a pesar de que ellos fueran de otras religiones o posiciones ideológicas tan diferentes a las suyas.

Ella nunca tuvo que decirme cómo llevar mi vida, simplemente me lo mostró a través la suya.

Gracias, Má.

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