La casa

Escrito entre Cali y Bogotá en mayo de 2021.


I

Desde hace varios años, antes de que mis papás se murieran de un momento a otro en el 2016, le doy vueltas a lo que significa tener una casa. En ese año, ya me las apañaba bastante bien brincando entre Ciudad de México y Bogotá. Además, había vivido en varios lugares gracias a los que comprobé bajo método científico que la vida te puede caber en dos maletas, que yo ya había empacado, desempacado, vuelto a empacar, reducido, regalado y vuelto a comprar, varias veces.

Ellas me llevaron a vivir en ciudades adoradas (y también a hacerme cada vez más ligera de equipaje), pero sólo en momentos muy precisos a sentir el calor en el pecho relacionado a estar en “casa”, el que se asocia al hogar; donde te sientes cobijado. Esa suerte de refugio donde realmente puedes descansar porque ahí es difícil que te alcance el peso de los demás que está sobre ti. Ese lugar donde todo es más liviano porque está nivelado por el amor.

Lucía Berlín, en Manual para Mujeres de la Limpieza, tiene un relato llamado Luto (página 261) donde describe los pensamientos de una mujer que últimamente ha tenido que limpiar casas de gente que acaba de morir, además de ayudar a clasificar las cosas que dejaron para que alguien se quede con ellas o se donen. En cualquier caso, dice, “lo triste es qué poco se tarda”.

«Piensa en ello. Si murieras…

podría deshacerme de todas tus pertenencias

en dos horas como máximo».

Cuando lo leí -porque la literatura ha sido mi forma de transitar- recordé que al día siguiente de haber enterrado a mi mamá y tras hacer un montón de papeleos (porque ni muriéndose uno se libra de hacer vueltas), volví a la casa de Cartago sobre el medio día con la intención de sacar todas las cosas del closet de ella para instalar las de mi papá y que él pudiese estar cómodo. Ellos compartían habitación, pero la ropa de él estaba en otra.

Para las seis de la tarde yo ya había sacado y agrupado todo por categorías en bolsas con post its sobre cada una, que indicaban el nombre de alguna de mis tías, el de la señora que nos ayudaba en la casa, “botar” y “donar”. Además había organizado todos sus documentos (tarea que ella había dejado bastante adelantada en carpetas rotuladas por tema), encontrado todo lo necesario para hacer el traspaso de sus dos pensiones a mi papá, sacado todos los álbumes y fotos familiares, las cartas que le hicimos sus hijos a lo largo de años, y guardado bajo llave, tras darles informe estricto a mis hermanos, dinero, tarjetas y algunas joyas. Por supuesto, las cosas de mi papá ya estaban en su nuevo lugar y mi familia no dejaba de verme entre asombrada y admirada por mi capacidad de “solucionar” que nunca habían visto en acción.

Así fue como en una tarde, de una manera radicalmente práctica y sin pensarlo, resolví qué hacer con toda la vida de mi madre. Desocupé ese closet que yo conocía de la A a Z, porque durante los 16 años que viví sola con mis papás fui custodia, secretaria y detective privada de espacio, en las cuatro casas en las que habitamos. En los 14 años siguientes cuando volvía de visita, mi mamá, tan organizada y precavida, se encargaba de indicarme, a veces disimuladamente y a veces de forma clara y directa, dónde estaba qué, por si a ella le pasaba algo.

Un par de semanas después mi papá se murió de un infarto porque no soportó la vida sin ella. Tengo recuerdos muy borrosos de los días que vinieron después. Todos quedamos tan aturdidos que lo único que sé con certeza es que no volvimos a poner un pie en la casa, ni a mover nada en varios meses.

Pero como no hay plazo que no se cumpla, en algún fin de semana de marzo de 2017 nos encontramos para desocuparla.

II

Meses después de haber vaciado la casa de mi papás junto a mis hermanos y de traerme para mi apartamento en Bogotá cajas con libros, los cuentos que me leía mi mamá marcados con su letra y mi nombre (que pretendo seguir cargando a donde me vaya, porque muy, muy, muy en el fondo tengo la ilusión de traspasar todo el amor contenido en ellos a alguien más) mis calificaciones del kinder, la parte de las fotos familiares que me corresponden, algunos implementos de cocina y un par de muebles, volví a Cartago.

Me quedé en la casa de mi hermano Oscar, justo al lado de la de mis papás. Afuera hay una banca y un muro que rodea el antejardín donde siempre nos sentamos a charlar por las noches. Estábamos en esas, riéndonos entre todos de una anécdota reciente de alguno y quejándonos de los zancudos. En un acto reflejo, me paré y fui caminando descalza hacia mi casa, la casa de mis papás, para sacar un vaso de agua de la cocina.

Quise empujar la puerta para entrar como siempre hacía, cuando un escalofrío me recorrió el cuerpo, como el chirrido de una tiza en un tablero viejo. Frené en seco y a tiempo cuando vi, por primera vez, a través la ventana de piso a techo que hay al lado de la puerta, que mi casa ya no era mi casa, aunque en un papel de escritura pública dijera lo contrario. Estaba alquilada y la habitaba otra familia.

«Houses live and die: there is a time for building

And a time for living and for generation».

— T.S Eliot

Ahí, supe que mi casa se había esfumado. Que esas paredes que tanto me gustaban habían perdido todo sentido porque mis padres ya no existían. Me quedé huérfana a mis 30 (mi papá tuvo la ocurrencia de morirse el día de mi cumpleaños). El sentimiento de orfandad es cruel, doloroso y se siente de forma desoladora e inclemente en las entrañas, tengas 5 años o 78.

Mi casa, mi lugar en el mundo a dónde llegar, que eran ellos dos, se había ido. Dentro de esos muros ya no estaba mi mamá, ni sus matas, ni sus silencios (Pilar Quintana en la preciosidad de libro que es Los Abismos, me hizo pensar mucho en ambas cosas) que yo heredé. Tampoco estaba más su disciplina, ni sus cuidados, ni la fruta que me picaba todas las tardes. Tampoco estaban sus libros ni los que ella me compró durante años y que me dejaba escoger sin límites en una revista mágica llamada “El Círculo de Lectores”. Tampoco estaba mi papá llegando a las 6:00 p.m. en punto, como lo hizo toda la vida, con una bolsa llena de pan caliente que nos comíamos alrededor de la cocina con café recién colado. Cuánto amor nos demostraba con ese gesto, que jamás reemplazó por otra cosa ni cuando llegó a tener dinero, ni cuando le faltó.

Ya tampoco estaba él, cargándome en sus piernas, sin importar que lo rebasara en estatura, para llenarme de mimos y rascarme el brazo. No estaba su alegría, ni sus chistes que nos sabíamos de memoria pero que le aguantábamos porque tenía una chispa envidiable que empezaba a apagarse con los años. Se había ido su velocidad mental para conectar ideas y contar anécdotas con un sentido del humor finísimo, que sólo puede tener alguien muy inteligente.

La generosidad y la amplitud de corazón de ese par, que espero haber aprendido, no estaban más.

Todo el amor que me dieron a mi, su niña, ya no podía verlo ni tocarlo. Entonces, supe porqué desde que dejé de vivir con ellos a los 16 años, a los espacios donde viví nunca los llamé “mi casa”. Eran mi apartamento, mi depa, mi Airbnb, pero no mi casa. Porque de forma tácita ese lugar eran ellos.

III

En honor a la verdad, no puedo endosarle por completo a la muerte de mis padres el sentimiento de desarraigo que cargo hace años, como lo mencioné al principio. Ellos aún estaban vivos cuando yo me rehusaba a comprar algún mueble más allá de la cama y la tele en Bogotá, porque sabía que de esa manera sería más sencillo volverme a ir en cualquier momento. Uno tiene sus trucos.

Había domesticado la técnica de organizar un viaje cuando el tedio de pensarme a mí misma en exceso me alcanzaba o cuando todo se empezaba a sentir tan gris como el clima de esta ciudad; que donde uno se descuide, lo acaba de rematar. Cuán útiles resultan los cambios de estación para alegrar el espíritu. Qué ganas de salir a vivir cuando son las 8:00 p.m y afuera hay sol.

Irse, sin duda, da perspectiva. Baja el volumen. Alejarse en el sentido literal y kilométrico calma o refuerza las ideas. Te da la capacidad de medir los sentimientos en escala de fugaz a permanente. También distrae. Distrae, cuando por momentos tienes una casa que es el librero que se toma el tiempo de recomendarte títulos con criterio y sin afanes y llegas a la caja riéndote porque dijiste que esta vez sólo ibas a entrar a ver. Distrae, cuando tienes una casa que es la mesa más alegre del bar, donde siempre tienes el privilegio de estar, hasta que el mesero llega con vasos desechables a invitarnos amablemente a desalojar. Distrae, cuando tienes una casa en un Airbnb que te gusta más que la tuya, hasta que te reprochas porque no has hecho el empeño de darte una a la que en verdad quieras regresar. Distrae, cuando tienes una casa en esa ciudad que saliste a caminar, donde te embobas viendo cómo pega la luz en los edificios y los árboles hasta que te conmueves y te dan ganas de llorar.

Estar todo el rato en el mismo sitio te obliga a ser alguien,

A ser una identidad conocida. Si viajas, si estás viajando constantemente,

No te queda tiempo para pensarte a ti mismo, te quedas vagando en las ciudades,

En los andenes, en las carreteras, en los aeropuertos, en los sitios más inhóspitos.

Tu identidad se derrite, y entonces descansas».

— Manuel Vilas.

(Continuará).

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